Maria Percio, escritora sevillana
Trocitos para leer

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Trabajos encargados por terceras personas.

Desde mi sillón

Me encontraba sentada cómodamente en mi sillón. Todos a mi alrededor pensaban que dormitaba tranquila, pero no era así, me sentía relajada, pensando en mis cosas, atenta en cierto modo a lo que ocurría en aquel salón.

Estaba siendo un domingo divertido, toda mi familia había venido a verme; mis hijos, mis nietos, la novia de alguno… Amalia, la mujer que me cuidaba, se había esmerado en hacer una paella lo suficientemente grande para todos. Me apetecía arroz aquel día.

Podía notar cómo mis labios sonreían mientras escuchaba a mis hijos o a mis nietos hablar de sus cosas, intentando no levantar mucho la voz. Me sentía feliz, casi completa.

Añoré por un momento al hombre con el que había compartido parte de mi vida y en esas andaba mientras el mundo continuaba girando más allá de mi mente y mis ojos cerrados.

Mis recuerdos viajaban hacia atrás, en orden cronológico. Los años pasados con Arturo incluyendo el nacimiento de mis nietos, la muerte de mis padres, el nacimiento de mis hijos, mi madurez, mis años locos de adolescente imprudente, mi niñez…

Llegué hasta mi primer recuerdo consciente y fui avanzando poco a poco, parándome en los momentos que de algún modo habían marcado mi camino.

Sentí de nuevo las alegrías, las tristezas, los nervios, las sorpresas, los  miedos… toda una vida de recuerdos, de aprendizaje constante. Los años parecían haber pasado volando, en aquel momento tenía la sensación de que olvidaba muchas cosas y personas.

Había vivido, sin duda había sabido aprovechar el presente, para bien o para mal. Siempre he pensado que uno no sabe hasta cuándo va a vivir y que por ello no es bueno  postergar las cosas, hay que luchar por los sueños, hay que intentar disfrutar la vida. Eso me había empeñado siempre en enseñar a mis hijos. Hay situaciones que nos superan en el modo que sea y nos retraen o nos mantienen en una constante espera. Nunca me ha gustado sentir que el tiempo pasa y yo no lo aprovechas, nunca me ha gustado esa sensación en la que parece que tu vida no es tuya porque no la estás viviendo como sabes que deberías. He sido más de dar pasos hacia adelante, por cortos que sean, y he procurado no permanecer parada mucho tiempo.

Es cierto que la vida es como un viaje y hay que disfrutar de cada tramo, es un viaje de sentido único, jamás se vuelve a la parada anterior y aunque una historia o persona se repitan, nunca es lo mismo, no se vive del mismo modo, el tiempo y las experiencias nos hacen un poco diferentes.

Mi mente volvió a ese domingo, unas horas antes cuando mi familia comenzó a llegar, a cuando me llenaban de besos y “te quieros” gritados a mi oído, como si el aparato que invadía parte de mi canal auditivo no fuera capaz de hacer su labor; no estoy sorda gracias a él, pero prefiero un poco de cariño gritado en mi oído que un seco beso.

Suspiré. Mientras mi familia pensaba que soñaba, yo sabía que me moría, era mi hora. Durante lo que recuerdo de mis 97 años había tenido todo tipo de vivencias. No me arrepentía de ninguna, en determinadas ocasiones hubiera sido mejor tomar otro tipo de decisiones o haber sido más fuerte, pero me sentía satisfecha con lo vivido, siempre había hecho lo posible por ser buena persona y no dañar a nadie y de algún modo siempre he pedido perdón por los corazones que de alguna forma rompí.

Me siento feliz en este momento porque siempre he querido aprovechar mi vida, hacer algo de utilidad, y estoy segura de haberlo conseguido en diferentes formas y momentos.

Lo único que enturbia mi felicidad en este momento es saber que las personas que me rodean en este instante notarán mi ausencia y lo último que querría hacer es dañarlos. Espero que perdonen la osadía de irme sin avisar. Me preocupan, me preocupa no estar aquí para ellos, pero sé que son grandes personas y que les irá bien. Nunca he podido evitarles ningún mal, pero les he enseñado a enfrentarse a la vida, a ser buenos y a superar los baches para poder disfrutar de las cosas buenas e importantes. Les dejo amándose, sé que mis tesoros están en buenas manos y son fuertes.

Me hace tremendamente feliz pensar que quizás haya algo más allá de todo esto que conocemos y Arturo me esté esperando, estoy deseando volver a verle. Espero que sólo haya una muerte porque no pienso volver a separarme de él.

El instructor

Aquella mañana era como cualquier otra, hacía poco rato que había amanecido cuando llegué al aeródromo.

Pensaba en los años que hacía que era instructor de vuelo, muchos, nunca demasiados. Me encantaba mi trabajo, me encanta de hecho. Nunca es igual, cada dos horas un alumno diferente hace su aparición en escena y con cada uno el trato es diferente. Te sientes fuerte ante el leve miedo de los aprendices durante las primeras horas de vuelo, sabio cuando les cuentas batallitas ante un café.

Ese martes, a primera hora, un chico desgarbado y casi tembloroso se acercaba a mí, algo en él llamó mi atención.

Tras las presentaciones me dispuse a darle la primera clase. Durante una hora le expliqué qué era una avioneta y cuál era su funcionamiento básico.

Reí con ganas cuando aquel chico soltó aquel “Guau” al sentir el poder de controlar los mandos mientras levantaba aquel aparato del suelo y se disponía a volar.

Ya en tierra me decidí a preguntarle, no dejaba de admirar sus gafas de sol y no quería que pensara mal.

  • Perdona… esas gafas que llevas… ¿Qué marca son?
  • ¿Estas? – preguntó quitándose las gafas y mostrándomelas – American Optical, el modelo Original.
  • Me gustan
  • La verdad es que están muy bien y sientan bien ¿quieres probártelas?
  • Sí – dije sin pensar.

Me puse las gafas y me asomé a la ventana del edificio, que hubieran instalado cristales de espejo en las ventanas me venía de miedo en aquel momento.

Sonreí al verme, me gusté, me sentaban bien aquellas gafas, aunque quizás me quedaran algo pequeñas. Devolví las gafas al chico y se despidió de mí argumentando que tenía prisa. Ni siquiera me dio lugar a preguntarle dónde las había comprado.

Tras un largo día de trabajo, aunque divertido, llegué a casa pensando en las gafas de sol del muchacho. Decidí coger mi portátil y hacer una búsqueda en Internet, introduje la marca de las gafas y decidí entrar en el primer enlace, www.pilotvisual.com, una tienda on line donde vendían las referenciadas gafas.

Después de cotillear un poco por la tienda y decidirme, me dispuse a comprarlas, me daba cuenta de que cada vez con más frecuencia utilizaba ese medio para mis compras. Un momento después me llegaba un correo electrónico avisando de que mi pedido estaba siendo tramitado y que dispondría de él en dos días. Había elegido que enviaran el paquete a la oficina de correos más cercana a mi casa, así además podría ir a recogerlas a primera hora sin tener que esperar todo el día a que el cartero llegara.

 

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Deseo

     Llegué pronto a mi cita con Luís, elegí mesa en la zona exterior de aquel bar y me senté dispuesto a esperar, no me quedaba otra. Trasteé un poco en mi teléfono, aún tenía más de 15 minutos por delante.

     El camarero me sacó del interior de mi mundo, le miré casi sin saber donde estaba, ensimismado en mirar las fotos que siempre llevaba en mi móvil.

 –          ¿Qué? – dije absorto.

–          Qué desea el señor – repitió el camarero alucinando poniendo los ojos en blanco, intentando armarse de paciencia.

–          Un cortado por favor – solicité comprendiendo la situación al fin.

      Mientras pensaba en el supuesto mal dia del camarero la vi, reía de forma ruidosa mientras una chica a su lado continuaba relatándole alguna rocambolesca aventura. Yo me quedé maravillado admirándola, su contagiosa risa, su sedoso pelo castaño y largo, la curva de sus hombros, los labios estirados en una sonrisa cuando las carcajadas cesaron. Fue como si algo de mi se pusiera en alerta, como si todas las alarmas de mi ser hubieran sonado a la vez.

     Apenas veía su rostro por aquellas estupendas gafas de sol Randolph de lente polarizada y montura plateada. Un repentino deseo se apoderó de mi, lo necesita, necesitaba aquello, sabía donde conseguirlas, era fácil, sólo debía entrar con mi móvil en Pilot Visual y comprarlas… aquellas gafas debían ser mías.

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Un capricho

  Salí de casa más temprano de lo acostumbrado aquel día, tenía que ir a la oficina de correos a recoger mi paquete antes de entrar a trabajar. Sentí que el día amaneciera con niebla, eso impedía que pudiera estrenar el regalo que me había hecho a mi misma por mi cumpleaños.

     Durante toda la mañana, entre tarea y tarea, echaba un vistazo al paquete que descansaba sobre mi escritorio, deseando abrirlo. Había llegado con el tiempo justo y me encontré con tanto trabajo que debía esperar a la hora de la comida para abrirlo si no quería que mi jefe terminara diciéndome algo. Era el típico que había ascendido sin merecerlo y para él cualquier cosa era perder el tiempo.

     A las dos, por fin, logré despegar los ojos de la pantalla de mi ordenador. Sonreí satisfecha y contenta porque aquel día comería con una amiga.

     Llegué caminando hasta el bar en el que habíamos quedado, mirando de vez en cuando hacia el cielo, pensando que el tiempo no me daría tregua.

     Cogí sitio en una mesa cercana a la puerta y tomé asiento. Era el momento de abrir mi paquete.

     Sin cuidado alguno rompí la bolsa, estaba ansiosa, hacía mucho tiempo que no me concedía un capricho y cada vez me alegraba más de haber cedido a aquel impulso. Andaba por la vida sin gafas de sol, me había dado igual porque era invierno, pero los días de sol las echaba de menos.

     Abrí la caja lentamente me sentía totalmente satisfecha con aquella compra, había sido rápida, fácil y en aquel momento de mi vida, emocionante.

     La luz comenzaba a ser más intensa, quizás el dicho popular tuviera razón, mañanita de niebla, tardecita de paseo.

     Había ido a un par de opticas a mirar y probarme cientos de gafas de sol, ya sabía qué tipo me gustaba pero no lograba decidirme. Un par de días antes, tras hablar con un amigo y nombrarme las gafas de sol tipo piloto, recordé que me había probado algún modelo similar, así que decidí buscar en Internet y di con esta tienda. Durante un rato dudé entre unas American Optical Original o unas Randolph Aviator, al final me decidí por las American Optical.

     Sin dudarlo un instante hice mi pedido, me registré en la web para poder finalizarlo, pagué con mi cuenta de Paypal y allí tenía el resultado. Ante mí aquella funda me prometía que en su interior había horas y horas de protección.

     Abrí la funda y aquellas gafas terminaron de encantarme, las había elegido en plata mate con lente gris de52 mm. En realidad yo no hubiese sabido que tamaño elegir, pero llamé a atención al cliente y amablemente me indicaron cuál me vendría mejor.

     Aproveché que el cielo terminaba de despejarse, limpié un poco las gafas con su pequeña gamuza y me las puse.

     Es cierto que todo se ve diferente cuando uno está contento y aquella adquisición me hacía sentir contenta.

     Un momento después llegaba mi amiga, tras su hola, mientras yo me levantaba, pude escuchar “¿Gafas nuevas?”. Sonreí satisfecha, por su cara me quedaban genial, me sentía bien, estaba segura de que allá donde yo fuera, mis gafas vendrían conmigo.

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