Maria Percio, escritora sevillana
Trocitos para leer

Novela

Sección de novelas donde se publica el primer capitulo de cada novela.

La voz del recuerdo

CAPITULO 1. EL HOSPITAL.

 

La boca le sabía a óxido, tenía la sensación de que se había pasado el tiempo lamiendo metal. Intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban toneladas. Oía un pitido a lo lejos, eso no era nuevo, aunque sí diferente, sonaba de otra manera, más suave, parecía que aquellas señales estaban más distanciadas que las que recordaba.

Movió la boca, saboreando aquel regusto a hierro viejo, se sentía seca, como si llevara horas sin beber, bajo el sol. Intentó mover su cuerpo, pero no le respondía. De pronto su mente comenzó a dar vueltas y se sintió tremendamente cansada. Algo en su interior se resistía a dormirse, un momento después se quedó dormida, no pudo evitarlo.

Marta, una enfermera de unos treinta y dos años se acercó a ella, puso un termómetro bajo su brazo y miró las máquinas, apuntando los resultados en su informe. La observó con tristeza mientras esperaba el tiempo necesario para que el termómetro le indicara la temperatura. Sentía lástima por aquella pobre chica, no sabía de donde había salido, si había sido un intento de suicidio, un accidente o cualquier otra cosa. Aquella joven misteriosa, sin identificar, tenía la cabeza totalmente rapada, había llegado semi desnuda y sucia al hospital, acompañada de la policía, y su cuerpo estaba lleno de marcas y heridas. Tenía la cara un poco hinchada, pero parecía guapa, no era una súper modelo, pero no estaba mal. En aquel momento al menos estaba limpia, tal vez en un par de días la hinchazón de su cara bajara. Marta miró el reloj de su muñeca, suspiró y cogió el termómetro. No tenía fiebre, eso era bueno. Aquella chica les estaba dando mucho trabajo, el doctor Fernández había dado orden de tomarle la temperatura cada hora y controlar sus constantes vitales. ¿De donde habría salido?, si por cualquier motivo las máquinas que tenía conectadas generaban una alarma, debían dejarlo todo y atenderla. Prioridad absoluta, sobre todos los pacientes. El doctor llevaba un día y medio sin descansar, desde que ella había llegado él apenas se había movido de esa habitación. La observaba preocupado, como si algo malo pudiera pasarle en cualquier momento. Lo anotó todo en el informe, indicó la hora y lo dejó colgado a los pies de la cama. Suspiró al echarle el último vistazo y salió de aquella fría y lúgubre habitación. En realidad no comprendía por qué, siendo un hospital público, aquella chica disfrutaba de una habitación para ella sola, hasta habían sacado la cama de al lado. ¿Quién sería? ¿Por qué se tomaban tantas molestias con ella? ¿A qué venía que tuvieran que atenderla con guantes y mascarilla? Lo normal es que si se sospechaba que tenía algo contagioso la metieran en una habitación de aislamiento, pero no en una cualquiera.

A las nueve de la noche volvió a espabilarse. El sabor a oxido continuaba en su boca y notaba la lengua pegada al paladar. Sin abrir los ojos intentó hablar.

 

–        Agua – pidió, pero ni ella misma había logrado escucharse.

 

Debía hacer algo más. Tenía que usar su mente, tenía que pensar. La cabeza seguía dándole vueltas, intentó concentrarse. Notó el colchón bajo su cuerpo y el peso de las mantas sobre ella, dándole calor. Tenía las piernas entumecidas y no se notaba los brazos. Debía abrir los ojos, ver donde estaba. Entreabrió los parpados y una brillante luz la obligó a cerrarlos de nuevo. “Poco a poco” pensó. Muy lentamente fue abriendo los ojos, acomodándolos a aquella luz, ¿Por qué había tanta luz?. Lo recordaba, recordaba la luz. Movió la cabeza lentamente en dirección a los pitidos y vio una extraña máquina, aquello era su corazón. Recordaba una máquina similar, aunque tenía la sensación de que no era la misma. Miró a su alrededor. A su izquierda había una pared ciega, aunque al final parecía haber un pasillo; frente a ella, en dirección a sus pies había otra pared y a su derecha una pared con dos ventanas, una junto a la otra. Levantó un poco la cabeza. Acababan de entrar dos hombres, hablando. Uno vestía como si fuera médico, el otro, un hombre grande, negro y vestido de calle, hablaba gesticulando al supuesto médico. Sentía como su garganta quemaba de la sequedad, tal vez aquel médico le diera agua. Una fuerte punzada en su hombro derecho la terminó de despertar. Intentó mover su brazo izquierdo para tocarse el hombro pero no podía. Volvió a mirar a su alrededor, parecía estar en una habitación de hospital, de ahí el médico. Después miró su mano izquierda, estaba sujeta a la cama por unas esposas. De pronto algo se disparó en su mente ¿Qué había pasado? ¿Estaba detenida? ¿Por qué la ataban a la cama?. La maquina comenzó a pitar desesperadamente mientras ella sentía como sus ojos se abrían como platos y su corazón parecía saltar dentro de su pecho. Comenzó a moverse instintivamente, agitando su cuerpo como si le estuvieran dando convulsiones, intentando zafarse de aquellas esposas. El médico tardó segundos en estar a su lado. Ella le miró asustada.

El doctor Fernández la sujetaba contra el colchón, apoyando sus manos en sus hombros. Un fuerte dolor contrajo el rostro de aquella chica cuando él la empujó y entonces él recordó que la chica tenía una herida en el hombro.

 

–        Tranquila, estás bien. No te preocupes, estás a salvo. Mírame, soy el doctor Fernández. Estás en el hospital, nadie te hará daño. Vamos, tranquila, si no te relajas un poco tendré que ponerte un tranquilizante.

 

Pero aquella chica seguía luchando, su cara pasó del miedo a la furia en tan sólo un momento. Le miró como si lo odiara. Ella miró a su izquierda cuando Marta entró.

 

–        ¿Qué le traigo doctor?.

–        Diazepam, pínchalo en la vía.

 

La chica les miró gruñendo, no quería un tranquilizante, lo único que quería era que la soltaran y le dieran agua, ¿es que no podían entenderlo? ¿Por qué intentaba hablar y no podía?. Al momento el doctor sujetaba su brazo derecho y la enfermera introducía la aguja de la jeringuilla en su vía. Lentamente fue notando como su estado pasaba a ser más relajado, hasta que volvió a dormirse.

De pronto aspiró profundamente por la boca y abrió los ojos. Una horrible pesadilla la había despertado. Miró a su derecha y una enfermera, que le daba la espalda, anotaba algo en un papel. Recordó el pasado episodio, en el que su estado de nervios sólo la condujo a otro temido sueño. Tiró un poco de su mano izquierda, aún continuaba atada. Cerró los ojos e intentó tranquilizarse. Obvió el dolor de su hombro derecho cuando movió el brazo para llamar a la enfermera, continuaba sin poder hablar y notaba los labios agrietados. Apretó los parpados soportando el dolor y movió el brazo hasta que su mano pudo asirse a la bata de aquella chica, que se volvió asustada. Ella dejó caer su brazo cuando notó que ya había llamado su atención y suspiró. Las lágrimas resbalaron desde la comisura de sus ojos y un lamento se ahogó en su atochada boca. Intentó hablar y miró a la enfermera con la ansiedad pintada en sus ojos. Marta entendió que algo quería.

 

–        Ahora mismo llamo al doctor – dijo mientras aquella chica negaba con la cabeza.

 

A pesar de todo salió. La paciente se maldijo mentalmente por su mala suerte. ¿Que le pasaba en la boca? ¿Tal vez no podía hablar por la sequedad? ¿Tal vez le había pasado algo en el cuello? No entendía nada y mientras más tiempo permanecía despierta más dudas la asaltaban.

Unos minutos después el mismo médico se acercaba a ella, con una sonrisa en los labios.

 

–        ¿Estás más tranquila ya?. Veo que si.

 

El doctor revisó las maquinas, puso su brazo de nuevo en la cama y destapó la herida del hombro, que sangraba de nuevo.

 

–        No deberías haber movido el brazo, ahora la herida te sangra, ahora mismo aviso a una enfermera para que te cure.

 

Sentía como el tranquilizante continuaba haciéndole efecto. Tenía que hacer algo para pedir agua, se desesperaba por algo de agua. Sabía que los sonidos no salían de su garganta, pero si podía mover sus labios. Articuló su boca, formando con sus quebrados labios la palabra agua. Aquel hombre la entendió. De pronto sonrió y ella se sintió más tranquila.

 

–        ¿Quieres agua? Ahora mismo la traen. Vamos a tener que hacer algo con tus labios, deberían haberlo tenido en cuenta. No te preocupes, cuidaremos de ti.

 

Cinco minutos después, con aquel hombre sentado a los pies de su cama, llegó de nuevo la enfermera. Primero le curó la herida del hombro y después levantó la cama un poco para incorporarla y ayudarla a beber. Ella apoyó los labios en el vaso ávidamente.

 

–        Tranquila – le dijo la enfermera – poco a poco.

Lentamente fue bebiéndose toda el agua. Al terminar les miró satisfecha. La enfermera le puso un poco de alguna crema en los labios y ella le miró con un interrogante en la mirada.

 

–        No te preocupes, sólo es un poco de crema hidratante y vaselina, hará que estén mejor.

 

Ella reposó su cabeza en la almohada e intentó aclarar su garganta. Se armó de paciencia. Notó dolor cuando pronunció su primera sílaba.

 

–        ¿Don… ¿Dónde estoy? – dijo al fin, con el rostro compungido de dolor.

–        Estás en el hospital Virgen del Rocío. Llevas aquí dos días. ¿Cómo te llamas?

–        No lo sé – dijo ella tras pensar unos segundos – ¿Por qué estoy aquí?

–        Te encontraron tirada en el arcén de la autovía de Málaga, a unos veinte kilómetros de aquí. Antes de ayer a mediodía. Estás bien, llegaste desmayada, deshidratada y con una fea herida en el hombro derecho, entre otras, pero por lo demás estás bien. ¿Recuerdas algo?

–        No.

–        Bueno, imagino que necesitas tiempo. En cuanto el agente Abdul llegue y hable contigo un rato te llevaremos a hacerte algunas pruebas más. Ahora descansa.

–        Pero…

–        No debes preocuparte de nada.

–        Ustedes cuidarán de mí.

–        Exacto.

 

Cerró los ojos y descansó. Oía como la gente iba y venía por el pasillo, habían dejado su puerta abierta. Las enfermeras se saludaban al cruzarse y a veces oía la voz de un hombre dar los buenos días. ¿Estaría aquel médico apostado en su puerta? Pero no era él, no era la misma voz. De pronto, en aquel momento, notó que se sentía extrañamente aliviada. Cerró los ojos e intentó recordar algo. Media hora después alguien le hablaba suave, casi pegado a su oído. Era una voz hombre. Abrió los ojos y se asustó al verlo tan cerca. Era el mismo hombre del despertar anterior, el que hablaba con el médico. Aquel hombre le sonrió y por una extraña razón pensó que podía confiar en él.

 

–        Hola, me llamo Abdul, soy del cuerpo nacional de policía, grupo especial.

–        Hola.

–        Bueno pequeña, parece que ya estás mejor.

–        Eso parece.

–        Necesito que comiences a contármelo todo.

–        ¿Todo? Pues mal asunto.

–        ¿Y eso?

–        No recuerdo nada. No sé quien soy ni que hago aquí. Llevo un rato intentando recordar algo, pero mi mente está como, no sé, como ausente.

–        No debes preocuparte, ahora estás segura. Verás, no sabemos quien eres porque no llevas ningún tipo de identificación. Tenemos dos opciones, o que consigamos averiguar quien eres y devolverte a tu casa tras averiguar lo que te ha ocurrido, o que necesites nuestra protección.

–        Le digo la verdad, no recuerdo nada.

–        No te preocupes, intentaré ayudarte, pero tendrás que esforzarte. Primero pon tus dedos aquí, esto escaneará tus huellas y lo enviaré a la comisaría para que averigüen quien eres.

 

Ella puso los dedos en aquel pequeño aparato similar a una PDA. Al momento sus huellas estaban escaneadas y el sistema las enviaba a la comisaría.

 

–        Bueno, cuéntame.

 

Ella cerró los ojos. Todo estaba negro. De pronto vio una luz. Las imágenes pasaban por su mente y perdían el sentido tal y como las veía. Hizo un mohín y abrió los ojos.

 

–        Recuerdo una habitación, blanca, parecida a esta. Una máquina que tomaba mis constantes y batas blancas. Pero no recuerdo quien soy ni podría decirle donde estaba.

–        Es difícil. Habrá sido duro para ti si es lo que me imagino. Esperaremos un poco, puede ser otro hospital o incluso un psiquiátrico o cualquier sitio. En cuanto sepamos quien eres podremos llegar al fondo de esto y tomar decisiones. Al menos tendremos alguna pista. Te dejaré sola un rato, si me necesitas estoy en la puerta.

–        ¿No va a quitarme las esposas?

–        ¿Te escaparás?

–        No veo por qué.

–        Si esto es lo que yo me temo te aseguro que intentarás escapar.

–        Aquí me siento… segura. Además, estará usted y ese otro hombre que está en la puerta, no veo cómo…

–        Ya. Bueno, pero si intentas escapar te esposo otra vez – le dijo con una sonrisa.

 

 

Se sintió liberada cuando aquel hombre quitó las esposas. Casi no sentía el brazo. Lo movió, intentando que la circulación se restableciera completamente.

…/…

Primer amor

Capítulo 1

Al principio yo era como una princesa encerrada en un castillo. Ni el aire podía tocarme, ni una mala mirada se posaba sobre mí. Tenía 17 años y el mundo me parecía maravilloso. Después el tiempo borró mi sonrisa y la sustituyó por un gesto amargo. ¡Que dura es la vida de una adolescente!.

A mis 17 años me sentía la persona más afortunada del mundo; salía con un chico, para mí el más guapo del planeta, para otras chicas, la mayoría, también. Él cuidaba de mi y me hacía sentir diferente, deseada, amada. Pero el tiempo, en vez de unirnos, comenzó a separarnos. Poco más de un año después de comenzar lo nuestro comprendí que se había acabado. No me llamó, no habló conmigo para dejarme, ni me partió el corazón con sus palabras. Simplemente dejó de estar en mi vida y todo mi mundo se vino abajo.

Durante larguísimos meses no fui yo misma, sólo era un retazo de mí. Era una lágrima hecha persona, no quería salir, ni comer, ni hablar, lo único que quería era desaparecer, sacar de mi interior el dolor que sentía. Tenía 18 años y mi vida carecía de sentido. A veces me hacía más daño el sufrimiento que les estaba causando a mis padres que el mío propio, pero yo no podía evitarlo, por más que intentaba recuperarme no podía, me moría por recibir una llamada suya, aunque sólo fuera para confirmar lo que ya sabía. Me pasaba el tiempo en mi habitación, recordando su sonrisa, su pelo, sus ojos, sus manos sobre mí. Aquello no era sano, pero el único fin de mi vida era amarle a él, sólo a él.

Desde que todo acabó y hasta mi 21 cumpleaños le vi en dos ocasiones, una de casualidad en un centro comercial, de lejos, y otra el día de mi cumpleaños. La primera vez me sentí morir. Hacía un par de años que nos habíamos mudado y tal vez fuera esa la razón por la que había conseguido escaparme de su presencia. Sé que me miró, pero se dio media vuelta y se fue. La segunda vez fue en mi cumpleaños, era el día de navidad y su familia vino a merendar a mi casa, nuestros padres eran muy amigos. Fue toda una sorpresa. Yo ya conocía a mi amiga Candela, le saludé, le presenté a mi amiga y me pasé el resto del día ignorándole. Lo malo fue que Candela no sabía nada de aquella historia y tuve que contárselo todo.

Con el paso del tiempo fui acostumbrándome a vivir con aquello, ya no era amor, era una especie de anhelo absurdo que insistía en él y volvía a mí en forma de sueños. Muchas, muchas veces soñé con él. Unas veces eran sueños que me llenaban de desesperación, de ganas de él, y otras crueles pesadillas.

Afortunadamente crecí. Comencé a trabajar en Exportrack en cuanto terminé el master. Al finalizar la carrera de ciencias económicas hice las prácticas allí, me fui después a hacer un master en comercio exterior y al volver, en cuanto llamé para ofrecerme, me contrataron. El sueldo era normal, pero por algún sitio había que empezar. Mi vida era un poco aburrida, de casa al trabajo y del trabajo a casa, menos mal que mi amiga Candela me sacaba los fines de semana. A veces me agobiaba pensar que le quitaba tiempo para estar con Teo, su novio, pero ella insistía en que era obligación de los dos sacarme los sábados a bailar.

Ya llevaba dos años trabajando en Exportrack. A mis 26 años mi vida sentimental era nula. En realidad se limitaba a esporádicos encuentros sexuales con desconocidos, el que más me duró fue un chico con el que estuve tres semanas. Hasta que conocí a Javier, él no quiso nada conmigo y eso llamó mi atención. Aquel chico era guapo, metro ochenta, rubio de ojos claros, tez infantil, demasiado delgado tal vez. En realidad era todo lo contrario a lo que había estado buscando hasta aquel momento y tal vez por eso me gustó. Pasamos un sábado entretenido charlando, de repente desapareció, tenía que marcharse. Yo continué con mi rollo de siempre, estaba hasta las tantas en la discoteca con Candela y Teo y llegaba a mi casa pensando que lo mejor era dejar de salir.

Aquel año mi padre se jubilaba y día tras día discutía con mi madre sobre lo qué harían con su futuro. Yo intentaba mantenerme al margen, mi vida ya era un caos como para encima tener que soportar las alocadas ideas de mis progenitores. Sabía que terminarían marchándose a algún sitio, pero no me preocupaba.

Ese Domingo, como otros días, me desperté sobresaltada, dando un grito. No me di cuenta de que Candela dormía en la cama de al lado y la desperté. Eran las diez de la mañana, hacía tres horas que nos habíamos acostado, tras la marcha nocturna yo me había quedado a dormir en su casa. La pesadilla había sido horrible y sudaba como si hubiera corrido la maratón. Aquellas imágenes aparecieron de nuevo en mi mente, claras, horribles y comencé a jadear de desesperación.

 

– ¿Otra vez una pesadilla? Últimamente tienes muchas.

– Sí – dije – ¡parecía tan real!

– ¿Marcos?

– Sí, no lo sé, era otro por fuera, pero por dentro era él. Me perseguía y yo corría para que no me alcanzara.

– Creo que tu obsesión por ese chico se merece un estudio psiquiátrico o psicológico.

– Tal vez – dije aún con cara de asustada.

– ¿Son más seguidas?

– No, bueno, casi todas las noches sueño cosas raras. Hacía mucho tiempo que no soñaba con él, pero en las últimas semanas…

– Bueno, es temprano, durmamos.

– Sí. – dije sin estar muy convencida.

– Al menos inténtalo – advirtió Candela.

– Lo haré.

 

Al momento Candela roncaba. Yo me sentía inquieta, muy de vez en cuando aquellos recurrentes sueños volvían a mí, destrozando el poco equilibrio que mi vida tenía. Cuando soñaba con él me pasaba días enteros dándole vueltas a todo y aquel domingo fue uno de esos días. Me pasaba el tiempo pensando en que tal vez lo mejor fuera, de verdad, ir a un psicólogo. Candela me dejaba hacer y mi madre se pasaba todo el día diciéndome que estaba muy rara. Yo sabía que mis padres de vez en cuando se veían con los padres de Marcos, pero hacía mucho tiempo ya que les había pedido que no me hablaran de ellos. Ellos conocían la historia, así que me daban el gusto.

La sede de Exportrack estaba en la isla de la cartuja. Hacía unos años que vivíamos en Utrera, una pequeña ciudad a veinte kilómetros de Sevilla. Mis padres habían elegido una zona tranquila de casas pareadas. Así que cada mañana cogía el cercanías, enlazaba con la línea uno del metro en la estación de San Bernardo y después con la línea cuatro hasta la cartuja, tras el paseo en metro me esperaban cinco minutos caminando. En total el trayecto duraba poco menos de una hora. Cada día me levantaba a las siete, desayunaba, cogía el cercanías de las ocho y a las nueve menos diez me bajaba del metro para caminar mis cinco minutos. Casi siempre llegaba al trabajo enfrascada en la lectura de algún periódico gratuito, después me sentaba frente a mi ordenador y ya no tenía tiempo ni para respirar el aire que entraba por la ventana. Comía algo ligero en la sala de descanso sobre las dos y media y a las tres y cuarto volvía al trabajo hasta las seis. A las siete volvía a estar en casa. Mi jefe quería cambiarme el horario y ponerme de ocho a tres, me quitaba una hora diaria, pero no sólo no me interesaba por el sueldo, levantarme a las siete ya no me hacía mucha gracia, así que a las seis era pedir demasiado. Prefería entrar a las nueve y salir a las seis, de todos modos las tardes de mi vida eran muy aburridas, tener más tiempo libre significaba aburrirme durante más tiempo.

Un sábado, como otro cualquiera, mi móvil sonó. No reconocí el número y descolgué con desgana.

 

– ¿Si?

– ¿Ana?

– Sí, soy yo.

– Soy Javier.

– ¡Hola Javier! – dije contenta.

– ¿Qué haces hoy?

– Pues de momento no lo sé, estoy esperando a que me llame Candela. ¿Que hora es?

– Son las cuatro.

– Es temprano. No sé, de momento no haré nada.

– ¿Te apetece un café?

– Bueno, ¿Dónde?

– Voy a verte, de hecho voy de camino por la autovía. Acabo de pasar la entrada de Alcalá.

– ¡Ah…! – dije sorprendida.

– ¿Dónde nos vemos?

– No sé, ¿Conoces el Aquelarre?

– No.

– Bueno. En cuanto llegues a la primera rotonda aparca a la derecha, voy a buscarte allí.

– Vale, tardo diez minutos.

– Ok. Nos vemos.

 

Me extrañó que me llamara, sobre todo porque yo no le había dado mi teléfono, seguro que se lo había dado Teo. Estaban deseando, los dos, que me echara un novio y pensaron que tal vez Javier fuera el más indicado y la verdad era que teníamos muchas cosas en común. Hacía dos semanas que le había conocido.

Al llegar me esperaba apoyado en su coche, un Megane descapotable en color azul eléctrico. Tras los dos besos de rigor nos montamos en el coche.

 

– ¿Vamos mejor a Sevilla? He quedado después con unos amigos para cenar.

– Como quieras, pero… – en ese momento miré mi ropa, tal vez no fuera la más indicada.

– Vas bien, no saldremos de marcha, sólo a cenar y tomarnos unas copas en algún pub.

– Si me hubieras avisado me arreglo un poco más.

– Estás muy guapa así, la verdad es que hoy me gustas más que el otro día. No te va ir tan emperifollada.

– Gracias.

– Ponte el cinturón.

– Voy.

 

Arrancó mientras yo me ponía el cinturón. Al chico no le importaba que en la autovía hubiera rádares de control de velocidad, no bajó de 120 Km./h en todo el camino. Primero fuimos a un pub que había cerca del centro comercial los arcos, frente a Santa Clara, el bye. Era un lugar agradable, había tanta gente que apenas había sitio, pero conseguimos sentarnos en una mesa. Nos pasamos la tarde hablando de nuestros trabajos, de los planes que teníamos para el futuro, de la música que nos gustaba, de las vacaciones… fue divertido, era un chico muy divertido. Sobre las siete nos fuimos a pasear y cuando quisimos darnos cuenta ya era la hora de acudir al restaurante en el que habíamos quedado. Lo pasé genial con toda aquella gente. Eran amigos del instituto de Javier, que quedaban un par de veces al año para verse y contarse sus vidas; aquello me gustaba, yo añoraba a mucha gente de aquella época, tal vez debía promocionar algo así a ver si alguien se apuntaba.

Sin darme cuenta, poco a poco, Javier se hacía un hueco en mi vida. De lunes a jueves era lo de siempre, pero el viernes a las once de la noche siempre llamaba a la puerta de mi casa y ya no me dejaba en todo el fin de semana. Al principio lo llevaba bien, éramos como amigos, no habíamos pasado de un par de besos en su coche y caminar agarrados de la mano. Yo me dejaba llevar, me sentía a gusto a su lado. Siempre hacíamos cosas diferentes y eso me gustaba. Aquel descapotable se había convertido en mi sueño del fin de semana. Cada día iba a recogerme a Utrera, fuéramos donde fuéramos después. Yo insistía una y otra vez en que era mejor que quedáramos en algún sitio de Sevilla y que me recogiera allí, pero el siempre contestaba “A saber dónde terminamos hoy, yo voy a recogerte y ya veremos.”. Y yo, le dejaba hacer. Mis padres se tomaron bien aquello, nadie se lo había presentado formalmente y apenas le habían visto a través de la ventana, pero me veían contenta y eso era lo único que les importaba.

La mayoría de las veces salíamos con Candela y Teo, los cuatro juntos. Mis amigos estaban encantados con aquella situación.

Era abril. Candela y yo fuimos al centro a ver escaparates y a comprarnos algo de ropa, se acercaba el buen tiempo y como siempre, yo nunca tenía nada que ponerme, nunca sabía qué comprarme, nunca encontraba nada que me gustara, pero me encantaba estar con Candela, así que me aguantaba. Estábamos en una gran tienda, cuando miraba a lo lejos parecía que los percheros nunca se acababan y Candela quería verlos todos. Oí una voz a mi espalda, me sonaba de algo. Intenté hacer caso omiso a aquella voz, Candela cogía ropa, se la ponía sobre el cuerpo y después la ponía sobre el mío. Me comentaba que aquel sábado iríamos a una discoteca diferente, se llamaba Mi Tiempo Contigo, pero al parecer todo el mundo la llamaba la MTC, nunca habíamos ido. A los pocos minutos no pude aguantar más y miré hacía atrás. Era Amparo, la hermana de Marcos. Hacía cinco años que no la veía.

 

– ¿Amparo? – dije alucinada.

 

La chica me miró sorprendida, sólo me había visto de espaldas y no me había reconocido evidentemente. Alucinó cuando me vio.

 

– Hola Ana.

– Mira Cande, es Amparo, la hermana de Marcos.

– Encantada – dijo Candela dándole dos besos.

– Él es David, mi novio.

 

El chico nos dio dos besos e intentó mantenerse al margen. Candela hizo lo mismo, estaba pendiente de nosotras pero no dejó de mirar la ropa que había a nuestro alrededor.

 

– Te veo bien Amparo ¿Cómo lo llevas?

– Bien, no me va mal.

– ¿Y tus padres? Hace tiempo que no les veo.

– ¿No? Yo pensaba que a ellos sí les veías.

– Que va, cuando quedan con mis padres se van por ahí, así que… ¿Sigues estudiando o trabajas?

– Trabajo – y se hizo el silencio.

– Bien. Tu hermano bien, ¿verdad?

 

Le pregunté en realidad para quitarle importancia, para mí misma, para demostrarme que no me importaba… y para darle conversación, estaba siendo muy seca conmigo.

 

– Sí, como siempre. Trabajando y haciendo mil cosas. ¿Y tú que tal?

– Bien, tengo un trabajo que me gusta y en casa, bueno, ya sabes como es mi relación con mis padres.

– Siempre has tenido suerte – dijo con ironía

– Siempre no – le dije en tono serio.

– ¿Y de chicos?

– Bueno, no va mal, ahora salgo con uno, nos va bien. Poco a poco. ¿Vosotros lleváis mucho tiempo?

– Dos años. Mi hermano también sale con una chica.

– Me alegro. ¿Sabes? Te recordaba más simpática, ¿Tal vez tienes algún problema conmigo?

– Ya lo sabes.

– No, sinceramente no lo sé.

– Le hiciste mucho daño

– ¿A quien?

– A mi hermano.

– ¿Eso es lo que te pasa? Perdona pero fue él quien me dejó.

– Se merecía otra oportunidad y no se la diste. Le destrozaste la vida.

– Mira, no lo sabía, pero él nunca me pidió otra oportunidad, tal vez, antes de juzgarme y guardarme rencor de por vida, deberías conocer toda la historia.

– Sólo me interesa la parte de la historia relacionada con mi hermano.

– Ya, pero eso es sólo la mitad de la historia. Me costó mucho olvidarme de él, también él destrozó mi vida.

– Pues no se nota, te ha ido muy bien.

– ¿Y a él también no?

– Nunca ha sido feliz. Por tu culpa.

 

Aquellas palabras me llenaban de angustia. El tremendo dolor que me hizo pasar revivía en mí, invadiendo cada célula de mi cuerpo. Marcos me abandonó, de una forma cruel, y para su hermana yo tenía la culpa, yo era la responsable de la infelicidad de su hermano. Su novio se acercó a ella y le acarició el brazo, pidiéndole tranquilidad. Yo la miré con tristeza, era hora de marcharnos.

 

– En fin, me ha gustado verte, estás muy guapa

– Gracias.

– Hasta otra Amparo.

– Hasta nunca.

 

Me olvidé del tema, era una tontería darle vueltas al asunto. Yo sabía que el día de mi 21 cumpleaños él había ido a mi casa porque quería algo, pero yo ya había conseguido dejar de llorar por él y no estaba dispuesta a darle ni siquiera la oportunidad de ser mi amigo.

Llegó el sábado. Me habían hablado de aquella discoteca, pero para mi gusto era demasiado pija. Al entrar me quedé sorprendida, la música no era lo que me esperaba. Estaba llena y la gente bailaba sin parar. Lo mismo un merengue que un lento, cada hora aproximadamente cambiaban el tipo de música, parecía una discoteca para locos. Yo nunca había bailado salsa y Javier, al que le encantaba ese tipo de música, se empeñaba en enseñarme unos pasos. Mis pies se cruzaban con los suyos y yo le miraba asustada, seguro que en algún momento mi tacón se incrustaba entre sus dedos o en su empeine. Yo llevaba un vestido negro, corto, con tirantes. Una rebeca del mismo color me abrigaba del poco frío que hacía, pero allí dentro hacía calor, así que terminé quitándomela y dejándola en el guardarropa. Mis piernas estaban vestidas con una medias de verano color carne y calzaba zapatos de tacón negro. Mi bolso también descansaba en el guardarropa.

En una de las alocadas vueltas que Javier me hacía dar sobre mí misma le vi. Estaba frente a mí, a unos cinco metros, en la escalera, le veía por encima del resto de la gente, tenía una copa en las manos y me observaba, hacía dos horas que habíamos llegado. Yo me puse seria de pronto, no me lo esperaba. En la siguiente vuelta levantó su copa y me hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Intenté sonreír, pero mi sonrisa sólo la vio Javier. Cuando terminó la canción le pedí a Javier un momento de relax. Miré a Candela intentando llamar su atención mientras Javier iba a la barra a pedirnos algo de beber, llevábamos toda la noche compartiendo bebida. Candela me miró ante el movimiento de Javier y yo miré en dirección a Marcos. Ella siguió mi mirada y su cara de sorpresa lo dijo todo, yo le saludé con la mano y su sonrisa me atravesó como un cuchillo. No pude dejar de mirarle, aquel pelo negro alborotado, siempre le había gustado llevarlo un poco largo, sus ojos oscuros rodeados de largas pestañas, su nariz recta, perfecta, sus labios carnosos, su mandíbula, el hoyito en su barbilla… tenía perilla y bigote. Se apartó un mechón de pelo que había caído sobre sus ojos. Recordé sus manos fuertes, grandes. Se parecía a Johnny Depp, pero más grande, más fuerte, mucho más guapo. Me llené de ansiedad, ¿por qué tardaba tanto Javier? Me acerqué a Candela y ella comprendió, nos pusimos a hablar, tal vez no debíamos seguir allí estando él.

 

– Si quieres nos vamos – gritó Candela junto a mi oreja.

– No, esto debería estar superado. Nos quedamos, parece que a Javier le gusta este sitio. No pasa nada.

– ¿Estás segura?

– Hace mucho tiempo ya…

– Como quieras, pero si te agobias nos vamos.

– Vale – dije esperando no agobiarme.

– Mira, ahí viene Javier.

 

Mi supuesta pareja llegó alargándome un vaso. Ron con cola. De un sorbo me bebí la mitad del vaso.

 

– Tranquila. Después de lo que he tardado no quisiera tener que ir a por otro.

– Ya, perdona, me has dejado muerta de sed con tanto baile.

– Imagino. ¿Quieres seguir bailando?

– Bueno – dije con cara de que no me apetecía.

– Si estas cansada podemos dejarlo un poco ¿Te apetece mejor salir fuera?

– No, aquí estamos bien.

 

Había que hablar con las cabezas pegadas. Tras cada frase mía, Javier se separaba un poco de mí, me sonreía y después me contestaba. Pusieron un tango, cerré los ojos un instante y me perdí en mis recuerdos.

 

– No sé bailar tango, te voy a dejar descansar un poco.

– Yo si sé – le dije – con 17 años di clases.

– Enséñame.

 

Se bebió casi todo el licor de un trago y me dejó un poco, que yo bebí desesperada. Dejé el vaso a un recoge vasos que pasaba cerca de allí y agarré a Javier. Le di las primeras instrucciones. Él miraba mis pies mientras yo le gritaba lo que tenía que hacer, pero para él era más difícil de lo que pensaba. Candela y Teo se partían de risa ante nuestros intentos de sacar algo en claro de aquello. De pronto Javier se volvió, alguien daba toquecitos en su hombro. Marcos le miraba divertido, le dijo algo al oído y él asintió. Se dirigió a mí y me agarró, dispuesto a bailar. Mi compañero de Tango.

Dimos una pequeña vuelta apartando a la gente, haciendo hueco para poder bailar. La mayoría de la gente no sabía bailar tango, así que no fue difícil. Nos paramos en medio de la pista, mirándonos, esperando un segundo tema. El agarró mi cara poniendo sus dedos a los lados de mi boca, obligándome a mirarle, se acercó a mí, haciéndome respirar su aliento, que olía a fresa, después se cogió a mi mano con fuerza y comenzamos a bailar. Casi olvidé los pasos, así que me dejé llevar. Me hacía girar vertiginosamente, me alejaba de su cuerpo para recogerme después en un abrazo, levantaba mi pierna apoyándola sobre su cadera y acariciando mi muslo. Creí que no podría controlarme. Me echó hacía atrás, arqueando mi espalda sobre su brazo, pegando la parte inferior de mi cuerpo al suyo mientras con sus dedos rozaba mis labios, mi barbilla, mi cuello, hasta llegar a mi barriga, pasando su mano entre mis pechos. Mi respiración se agitó, presa del deseo. Me levantó y su cara se quedó pegada a la mía, nariz con nariz, sin darme cuenta busqué su boca con mis labios, ansiando un beso, pero él se apartó discretamente; me moría allí, pegada a él, agarrada a su cuello, excitada. Pero él volvió a girarme y sentí el aire frío, helado a mi alrededor. No pude continuar, recordaba aquel tema, estaba a punto de terminar. Me quedé allí, de espaldas a él, mi pecho subía y bajaba en una estremecida respiración, mi boca entreabierta cogía y soltaba aire por puro instinto mientras mis ojos se llenaban de lágrimas. Él se quedó mirándome, con su brazo levantado esperando mi regreso, hasta que el triste tango finalizó. No pude moverme de allí. Las personas que nos rodeaban rompieron en un emocionado aplauso, yo levanté mi vista del suelo y me topé con los ojos de un chico, le miré angustiada y él me echó una mano, lanzándose a la pista al compás de la nueva música que sonaba, arrastrando a sus amigos y después al resto. Me sonrió al pasar por mi lado. Yo seguía allí, paralizada, con la mente repleta de pensamientos, al borde de un ataque de ansiedad. Pero tenía que reaccionar. Me volví con miedo, temiendo encontrarme con su metro ochenta y seis cerca de mí. Él continuaba en el mismo lugar, sonriendo, rodeado de gente. Intenté sonreírle pero no pude. ¿Que pasaba dentro de mi? ¿Tan fuerte era el sentimiento que generaba un tango?. Javier se acercó a mi abriéndose paso entre la gente, con una amplia sonrisa en los labios. Llegó y me besó suavemente, en un rápido contacto labial. Se acercó a mi oreja y me habló.

 

– Guau, estoy sorprendido, tienes que enseñarme a bailar esto. Se me han puesto los pelos de punta.

– Sí – susurré yo.

 

Apoyé mi boca y mi barbilla en su hombro, mis ojos se quedaron a la altura suficiente para mirarle, continuaba allí, esperándome. Javier me agarró y comenzó a moverse al ritmo de la música. Sonreí. Marcos bajó la mirada y desapareció.

Por más que intentaba borrar aquel momento de mi mente no lo conseguía. Algunos de los que pasaban por allí me miraban reconociéndome como la chica del tango. Mi cabeza estaba a punto de explotar. Cada vez que tenía la oportunidad, cuando Javier iba a pedir algo o con la excusa de ir al servicio, aprovechaba para buscarle, pero por más que lo intenté no logré volver a verle. Era como si se hubiera evaporado de allí.

Javier me dejó en la puerta de casa sobre las cinco de la mañana. Me sorprendió ver que aquel coche aparcaba frente a mi puerta, pero no le presté atención, tal vez algún vecino tuviera coche nuevo. Javier se bajó del coche y me acompañó a la puerta, íbamos agarrados de la mano. Me dijo adiós, me dio las buenas noches y me besó, yo sonreí sonrojada. En cuanto cerré la puerta de mi casa el recuerdo de Marcos llegó como un mazazo a mi mente. Subí a mi habitación, encendí la luz y cotilleé por la ventana. Aquel coche seguía allí, al momento arrancó y desapareció en la noche. Me metí en la cama.

No podía ser cierto, cuando parecía que con Javier surgía algo bonito, él, de alguna manera, volvía a mi vida. Casi no pude dormir, me pasé la noche dándole vueltas a aquel tango, a los besos de Javier, a la cara de angustia de Candela, al latir de mi corazón confuso. Marcos, le viera o no, siempre lograba confundirme, con él era como vivir una y otra vez un mal “día de la marmota”. Intenté relajarme, si no podía dormir al menos descansar algo.

Por la mañana, en cuanto me levanté, lo primero que me dijo mi madre tras darme los buenos días fue que Candela había llamado. Imaginé que estaría ansiosa por saber qué pasaba por mi mente. La llamé, pero ella no le dio mucha importancia al asunto, sólo me preguntó cómo estaba y yo le contesté que bien.

El verano llegó fuerte, caluroso como cada verano. Tras un largo invierno ya no recordaba el calor del verano, pero en Sevilla siempre hace mucho calor en la época estival. Mi padre ya estaba jubilado y mi madre casi siempre se alegraba de que fuera así, otras veces le decía una y otra vez que se buscara algo que hacer y la dejara tranquila. Yo estaba encantada con tenerlos a los dos allí pendientes de mí todo el rato. Ese año, como otros muchos, nuestras vacaciones serían en Marruecos. “Otra vez”, pensé yo, pero en el fondo no me importaba tener que ir otra vez allí, lo mejor era estar con ellos y de ir tantas veces ya conocía a gente allí. Bueno, conocía básicamente a dos personas, Halil y Fátima, que vivían en la casa de al lado. Eran dos hermanos que tenían más o menos mi edad, me alegré al verles de nuevo. Pasamos en Tánger un mes. Casi cada día hablaba con Javier y le contaba lo poco que había hecho. Me pasé todo el tiempo diciéndole a mi padre que por muy barato que fuera el alquiler ya era hora de comprar esa casa, así que antes de volver a España habló con el dueño y llegaron a un acuerdo. Tras casi diez años de alquiler por fin aquello sería nuestro. Yo tenía que volver al trabajo y mi padre quería comprar aquella casa a mi nombre, insistí en que no lo hiciera, pero en el fondo tenía razón, ¿para que esperar a que murieran? Fuera como fuera aquello terminaría siendo mío, siendo hija única no había otra. Así que le firmé un poder para que lo hiciera todo.

La vuelta al trabajo fue normal, tranquila, las cosas allí seguían como siempre. La única diferencia era que Javier me llamaba casi todos los días. Ya tenía a alguien con quien compartir mis cosas. Nos pasamos días contándonos lo que habíamos hecho aquellas vacaciones. Lo pasaba bien con él, era un chico divertidísimo, nunca te aburrías a su lado, siempre tenía alguna rocambolesca historia que contar. Yo parecía feliz, al menos eso me parecía a mí misma, creía que había llegado mi momento. A veces hasta me resultaba extraño tener a alguien con quien compartir mi tiempo los fines de semana y salir sin tener que ligar para pillar algo. En realidad no estaba muy segura de todo aquello, pero estaba a gusto con él y eso era lo que importaba, ya haría algo con mis miedos en cuanto llegaran.

A finales de agosto me encontré a mis padres esperándome en la cocina. Tenían las maletas hechas, demasiadas, y supuse que salían de viaje a algún sitio. Me sentaron en una silla y de pronto se pusieron nerviosos. Fue mi madre quien habló, mi padre no pudo.

 

– Hija, después de mucho pensarlo hemos tomado una decisión. Nos vamos a Marruecos.

– ¿Otra vez?

– Indefinidamente.

– Pero…

– Tal vez sólo sean unos meses. De momento nos vamos allí y así te dejamos espacio.

– ¿Me dejáis sola?

– No cielo, vendremos de vez en cuando y algún que otro fin de semana te queremos allí. Sólo tienes que ir a Algeciras y coger el ferry.

– Ya, sabía que terminarías yéndose allí. ¿Cuando os vais?

– Mañana.

– Joder – exclamé sin saber qué decir.

– ¡Esa boca Ana!

– Lo siento mamá, es que me cogéis perdida.

 

Al final me dejaban sola. Eso tenía su parte negativa y su parte positiva, por un lado me quedaba sin mis papis, aunque yo nunca había sido muy dependiente de ellos, por otro lado quedándome en casa me ahorraba el alquiler o la hipoteca. No quise darle mucho bombo a aquello, tal vez fuera mejor dejarles a su aire, imaginé que ya era difícil para ellos haber tomado aquella decisión y si era lo que querían hacer yo no era nadie para trastocar sus planes.

He de reconocer que las primeras semanas fueron tristes y difíciles. Llegar a casa y no encontrar a nadie a quien saludar o a quien torturar con aburridas historias fue duro, bastante duro. Casi me pasaba el día hablando por teléfono, cuando no era con ellos era con Candela, cuando no con Halil. Las tardes se hacían más aburridas de lo que eran antes. A veces me encontraba aquel deportivo aparcado frente a la puerta de mi casa, pensé que sería del novio de alguna vecina. Mi vecina de al lado a veces llamaba a mi puerta para saber cómo estaba o si necesitaba algo. Yo agradecía su gesto, estaba bien saber que podía contar con alguien que vivía un poco más cerca que mi única amiga.

En septiembre lo primero que hice fue largarme a Marruecos un viernes. Fui sola, se suponía que ya llevaba unos meses con Javier, pero preferí ir sola. Cogí un autobús a Algeciras y después el ferry hasta Tánger, mi padre me esperaba en el puerto. Me pasé el fin de semana con Halil, al parecer poco tiempo después se celebraría su matrimonio y estaba un poco asustado. Yo no entendía aquello de los matrimonios concertados, pero sí entendía el miedo que él tenía, debía cambiar completamente su vida y casarse con una chica a la que apenas conocía. Su padre sabía que éramos muy amigos y nos dejó hacer, estaba seguro de que su hijo cumpliría con su palabra por mucho que yo le “comiera el coco”. Fue triste aquel fin de semana, era un tío genial y a él le apetecía hacer otras cosas. Nos pasamos el fin de semana hablando, de lo que esperábamos de la vida, del futuro que queríamos y del que en realidad tendríamos. Mi amigo marroquí estaba triste y yo le entendía. Me prometió que algún día me visitaría junto a su mujer.

Cuando llegué a la estación de autobuses, al salir, el deportivo estaba allí, me sonaba de algo, pero podía ser de cualquiera. Yo tiraba de mi maleta con desgana, tantas horas de autobús me habían dejado los riñones como gurruños.

Oí mi nombre. Ni miré, tal vez fuera a otra Ana, pero volví a oírlo. Estaba allí, apoyado en la pared, hablando con dos chicas. Sonrió cuando le miré. Cuando sonreía parecía que el día se iluminaba.

Como el que no quería la cosa se despidió de las dos chicas y se acercó a mí.

 

– Hola.

– Hola Marcos.

– ¿Cómo estás?

– Bien. ¿Y tú?

– Fantástico ¿De donde vienes?

– De Tánger. ¿Qué haces por aquí?

– He venido a buscar a un amigo, pero al parecer ha tenido que coger otro autobús y no llega hasta dentro de dos horas y media. ¿Viene alguien a recogerte?

– No, voy en tren.

– Pues te llevo yo – dijo como si fuéramos amigos de toda la vida.

– No gracias, debes esperar a tu amigo.

– Da tiempo.

– Pero…

– No voy a parar hasta que me dejes llevarte – dijo mirándome con ternura.

– Está bien, estoy demasiado cansada para discutir con nadie. ¿Y qué haces con tus amigas?

– ¿Qué amigas? – preguntó despistado.

– Con las que hablabas, parece que aún te esperan.

– Las acabo de conocer.

– ¿Tú no cambias verdad?

– Yo no he hecho nada, estaba ahí apoyado y se han presentado, sólo he sido educado con ellas.

– Anda, ¡vayámonos antes de que me arrepienta!

 

Me monté en aquel deportivo. La naturalidad con la que me trataba me sorprendía, pero después de tantos años… ni siquiera tuve que decirle donde vivía, él ya lo sabía de sobras. Fuimos callados casi todo el camino. A veces, por el rabillo de mi ojo izquierdo, le veía mirarme un segundo, sus brazos se ponían tensos al volante y miraba la carretera con gesto serio, algo triste quizás. Me estaba sintiendo incómoda, así que me decidí a hablar.

 

– Pensé que este coche era del novio de alguna vecina.

– Este es mío, será otro – dijo secamente, aquella contestación nada tenía que ver con la conversación de hacía apenas unos minutos.

– Pues es del mismo color y el mismo modelo.

– Estarás confundida – otra vez el mismo tono.

– ¿Pasa algo? Te noto tenso.

– No pasa nada.

– ¿Cómo te va la vida?

– Bien, bastante bien, no me puedo quejar. ¿Y a ti?

– Bueno, ahora un poco sola, pero bien.

– ¿Y el trabajo?

– Eso va genial, me gusta. Es un poco coñazo tener que ir tan lejos cada día pero así me entretengo.

– Deberías buscarte un trabajo más cerca de tu casa, o una casa más cerca del trabajo.

– ¿Dónde vives tú? ¿Aún con tus padres?

– No, tengo un piso en el centro.

– Guau. ¿Y el trabajo?

– Bien, soy director comercial de una multinacional.

– Lo sé, me lo contó mi madre.

– Trabajo poco y gano mucho, es el mejor trabajo.

– Sí, parece de los buenos.

– Me ha costado mucho.

– Imagino, pero ahora estás bien.

– Sí, bien.

 

Otra vez el silencio. El aire se volvía denso allí dentro, busqué el botón y bajé un poco la ventanilla, apoyando mi cabeza en el asiento.

 

– Si tienes calor puedo bajar la temperatura.

– No es calor, me falta aire.

 

Otra losa de silencio cayó sobre nosotros. Algo rondaba por su mente y no se atrevía a sacarlo, podía adivinarlo por el nerviosismo en sus movimientos. Yo le miraba, recordaba a un Marcos más alegre. Él notaba mi mirada y aflojaba y apretaba las manos sobre el volante, nervioso. No quiso mirarme, no quitó la vista del camino ni un momento. Yo miré al frente, dispuesta a lo que fuera.

 

– Pregúntame ya, es absurdo que no lo hagas – le dije, después le miré.

 

Me miró con desprecio. Nunca me había mirado así, era la primera vez que veía esa expresión en su rostro, pero el tiempo había pasado para los dos. La última vez que nos vimos todo fue diferente a cómo los dos lo habíamos imaginado.

 

– ¿Y tu novio?

– Bien, supongo.

– ¿Cómo es que no ha ido a recogerte? – preguntó con un poco de ironía.

– Lo intentó pero yo insistí en que no era necesario.

– No debería dejarte sola.

– Nadie me deja sola. ¿No habrás venido a buscarme, verdad?

– No, ha sido casualidad.

– No quiero casualidades contigo Marcos, no las quiero. Llevo años sin verte y en cinco meses te he visto dos veces ya. No quiero más casualidades.

– No te preocupes, no tengo ninguna intención de volver a encontrarme contigo – dijo con desprecio.

– Ni quiero ver más este coche en la puerta de mi casa.

– Ni una noche más – respondió con tristeza.

– Yo tengo ahora una vida Marcos, tú no formas parte de ella.

 

Aceleró, iba demasiado deprisa. Quizás estaba siendo demasiado cruel o presuntuosa, pero la sensación que tenía era aquella, estaba allí por mí.

 

– Ya sé que no formo parte de tu vida, pero podríamos ser amigos.

– Podríamos, pero no esperes que te llame para irnos juntos a tomar un café. Ni quiero que tú lo hagas.

– No podría llamarte, no sé cual es tu número.

– Sí lo sabes

– No voy a llamarte. Nunca.

– Es aquí – le dije una calle antes de la mía.

– No, no es aquí.

 

Él siguió adelante y paró en la puerta de mi casa. Me bajé del coche y fui al maletero a coger mi maleta. Él lo abrió desde dentro, saqué mi troley y cerré. Me acerqué a la ventanilla abierta y le miré; Marcos no me miraba, miraba al frente, con las manos aún en el volante, apretadas.

 

– Gracias por traerme.

– De nada – susurró él, casi sin fuerza en la voz.

 

En un segundo aquel rápido coche rugía en el fondo de la calle. Me quedé observando como desaparecía camino de la autovía de nuevo. Entré en casa, dejando la maleta en la entrada, y me tiré en el sofá. No podía dejar de pensar en él y pensar en él me rompía el corazón, necesitaba sacármelo de la cabeza. Llamé a Candela para decirle que ya había vuelto y después llamé a Javier, necesitaba estar con él.

…/…

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